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quinta-feira, janeiro 08, 2004

La niña de Bagdad

Antonio Casares

La niña de Bagdad abre los ojos en medio de la noche. Algo le impide –denso, inquietante- conciliar el sueño; es una pesadilla demoníaca que la hace regresar a la vigilia: iba por el angosto laberinto de una ciudad sitiada por la muerte, viendo el resplandor de los misiles, oyendo los impactos de las bombas sobre los edificios desolados que caían como torres de arena, rodeada de cascotes y esqueletos de casas como espectros, avanzando por el infierno de los cuerpos yertos, entre la indolencia de los objetos, oyendo el estertor de los heridos, las maldiciones de los moribundos, el negro Apocalipsis de la nada. La ciudad era un inmenso hospital, un cementerio por el que iba inerme, sin nadie que acudiese en su auxilio o escuchase sus inútiles quejas: era una muerta más entre los muertos. Entonces despertó, lívida, insomne, en la pesadilla de lo real, en la incertidumbre de la duermevela...

La niña de Bagdad tiene los ojos grandes como dos lámparas votivas que se han mirado en los espejos ciegos del Tigris y del Eufrates, los ríos sagrados de la antigua Babilonia que muy pronto serán ríos de sangre. Le han dicho que allí estuvo el paraíso, y que el lugar era Mesopotamia. Le han hablado de Lilith, un enigma. Le han contado los prodigios de Isthar, la diosa cuyo fulgor permanece en los alfanjes y en las cimitarras y en las mezquitas que aún huelen a incienso. Le han hablado de las vastas epopeyas y del gran Gilgamesh, el héroe mítico que se invoca en los libros sin tiempo. Ha soñado con Las Mil y Una Noches y ella pronuncia con fervor su nombre: Quitab alif laila ua laila. Está orgullosa de su pueblo. Sabe que no puede morir lo que es eterno, sabe que nada sabe del futuro, y vive la zozobra del presente. ¿Qué piensan los adultos de los niños? ¿Piensan quizá que los niños no piensan? ¿Se creen más perfectos que los dioses o más sabios que Aláh? Sus manos tiemblan, mientras abraza una muñeca rota, igual que si abrazara la vida sobre las ruinas de un antiguo templo. Está confusa, muy confusa, y sola, en una habitación del universo, en un rincón recóndito del cosmos, como muchas otras niñas de Irak, como otras niñas de Estados Unidos, como otros muchos niños del mundo. ¿Habrá alguno que no se sienta solo? ¿Por qué no les preguntan a los niños sobre las guerras en vez de a la ONU? ¿Qué se les enseñará en las escuelas? ¿Podrán amar la paz viendo la guerra? En la televisión ha visto cosas terribles, las ha oído abominables, ha visto a sus amigos mutilados, ha visto violaciones y matanzas, ha visto el desamor de los prostíbulos, ha visto lo que no quería ver, las tiendas saqueadas por el hambre, ha visto las escuelas destruídas y la desolación de los pupitres, las casas convertidas en cenizas, las calles enterradas bajo el polvo, los muros derribados sobre el fango, el fuego miserable del rencor, la desvergüenza de los poderosos, y todo le parece abominable. Está confusa y, más que nada, triste. Nada entiende de lo que la rodea. No entiende las razones que esgrimen los que siempre se cargan de razones. Los hombres le han quitado la alegría y ya no puede sonreír como antes, cuando era simplemente una niña como todas las niñas de este mundo.

La niña de Bagdad es tan hermosa que parece sacada de un cuento: sus ojos son dos astros de azabache, sus labios son más dulces que los dátiles, su pelo es una noche sin estrellas, su frente es una plaza con palomas, sus brazos son las alas de la aurora, sus párpados encienden los ponientes, sus palabras son miel de los desiertos, su silencio es más bello que la música, su piel es una rosa de alabastro, su rostro es un espejo de la luna, su cuello es como un ánfora de seda, sus manos son dos cuencos de agua fresca, su sonrisa es un sol al mediodía, su risa evoca el canto de los pájaros, su llanto es como un mar que nos conmueve, su mirada recuerda a los oasis, sus dedos inventaron los laúdes, su cuerpo es un poema inacabado que escribe la belleza a cada instante, su alma es más hermosa que la Tierra que los hombres pretender destruír, envilecidos por la fuerza bruta, enloquecidos por el negro oro de la ambición que no conoce límites, y el mal que se adueñado de sus almas. Quizá mañana ya no exista el mundo. Quizá se llame uranio empobrecido. Quizá se llame cáncer o leucemia. Quizá haya otro Hiroshima o Nagasaki. Quizá mañana ya no se despierte. Nunca saldará su foto en los periódicos. Nadie sabrá que existe o ha existido. Nadie dirá su nombre mientras sueña. Ni Fátima, ni Myriam, ni Zulema: un ángel con las alas replegadas. Se siente la más sola de las niñas. Además tiene hambre: hambre de paz, hambre de amor y hambre de justicia, hambre de libertad que no se sacia, y sed de luz en este mundo ciego. Ahora está acurrucada en su cuarto. No se atreve a asomarse a la ventana para mirar la noche o las estrellas, pues sabe que en lugar de ver los astros verá sólo el fulgor de los misiles y en lugar de luna sarracena que antaño podía ver desde su cama, verá una inmensa gota de sangre a punto de cubrir todo el planeta.

La niña de Bagdad llora en silencio abrazada a un ejemplar de El Corán y a la muñeca rota de la vida, mientras oye el impacto de las bombas sobre las calles y sobre sus sueños. Sin saber que, a miles de kilómetros, unos seres con apariencia humana, sentados en sus poltronas de cuero, con su eterna sonrisa entre los labios, han dado la orden de que empiece el genocidio del pueblo iraquí.

La niña de Bagdad abre los ojos en medio de la noche y, como un símbolo del dolor de todo el universo, arrodillada ante el altar del mundo, sin poder comprender tanta locura, los cierra para no ver la muerte a caballo del odio y de la guerra.